25 nov. 2010

Polvo rojo




                                        Ma Jian, Red Dust; Anchor, NY, 2002, Translated by Flora Drew
                                        Ma Jian,  Polvo rojo; Seix Barral Argentina, BA, 2006





Monica Vitti: Tengo los ojos mojados. ¿Qué quieren que haga con mis ojos?
 ¿Cómo debo mirar?
                                                  Richard Harris: Tú te preguntas cómo debes mirar. Yo me pregunto cómo debo vivir.
 Es lo mismo. 

 Michelangelo Antonioni, El desierto rojo
                                                                         


 
A principios de los años setenta, un Mao Zedong cada vez más achacoso abre -o, más bien, entreabre- las puertas de China al resto del mundo. Uno de los primeros en llegar es un director de cine italiano que había diseccionado con su cámara los silencios, los vacíos y el malestar de las clases opulentas europeas: Michelangelo Antonioni. El ingreso de la República Popular China en la ONU y el establecimiento de relaciones diplomáticas con las potencias occidentales obliga al gobierno chino a reforzar la propaganda exterior y, con ese objetivo, invita a Antonioni a realizar un documental para mayor gloria internacional del Gran Timonel. El resultado, sin embargo, desató todas las furias de la clase dirigente, que tachó la película de insulto al pueblo chino y de ataque a la Gran Revolución Cultural Proletaria. Viajemos unos minutos con Antonioni a la plaza Tian'anmen de aquellos años :




                                                 




Si algún improbable lector tiene la todavía más improbable vocación de dedicarse a la fotografía de propaganda política, dispone de una excelente bibliografía gracias a los ríos de tinta que corrieron en China tras la fugaz exhibición del documental de Antonioni. Las críticas son un verdadero manual de fotografía socialista. Pasan por alto el casi ingenuo relato del narrador y se centran en aspectos técnicos como los encuadres y la iluminación; ignoran las palabras de Antonioni, pero censuran su mirada. Antonioni, en realidad, no se desvía del itinerario de lugares emblemáticos o ejemplares que las autoridades chinas le imponen: la plaza Tian'anmen, un hospital, un puente sobre el río Yangtse, un espectáculo de acrobacias, etc. Pero lo que su cámara retrata no es una China uniforme y modélica contemplada por un observador ideal, sino una China desmembrada, fragmentaria, en la que el pueblo hace cosas tan contrarrevolucionarias como tocarse la nariz, rascarse o ir al baño. El mayor defecto de la secuencia que acabamos de ver, según los críticos maoístas, era el de no haber reflejado la grandeza de Tian'anmen ni el patriotismo de los ciudadanos chinos allí presentes. Antonioni, por el contrario,

«con malas intenciones, en lugar de mostrar esta realidad, filmó sólo la ropa, el movimiento y las expresiones de la gente: aquí, unos cabellos revueltos; allá, personas con expresión de miope cegadas por el sol; ahora, unas mangas; después, unos pantalones...Se ha estrujado el cerebro hasta filmar unos primeros planos que distorsionan la imagen del pueblo y deshonran su índole espiritual. Esto no es sino veneno de la peor calaña».

Este fragmento que acabamos de traducir y algunas otras perlas que dedicó la crítica maoísta a Antonioni pueden leerse en inglés en esta página. Susan Sontag también dedicó unas líneas al asunto en su ensayo Sobre la fotografía (Debolsillo, 2008).
Deberíamos añadir que, desde hace ya unos años, el documental de Antonioni no sólo está permitido sino que es objeto de culto por parte de muchos jóvenes cineastas chinos. El pasado mes de mayo, tuve la oportunidad de asistir a una proyección de Chung Kuo en Shanghai. No sólo ningún chino se sintió insultado sino que ciertas escenas arrancaron sonoras carcajadas entre un público muy joven, quizá más acostumbrado a utilizar la palabra Mao para referirse a uno de los locales nocturnos de moda en Shanghai, que para evocar al líder mofletudo que marcó la vida de sus padres. No obstante, siempre nos quedará una duda: ¿Qué hubiera ocurrido si el gobierno chino hubiera encargado el documental a Fellini o a Berlanga?


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No resulta inverosímil pensar que Antonioni coincidió en algún momento con un joven chino con inquietudes artísticas que acababa de abandonar su Qingdao natal para trabajar en Pekín como fotógrafo al servicio de los sindicatos de propaganda exterior. Ese joven fotógrafo, Ma Jian, estaba llamado a convertirse en una de las voces más cáusticas y originales de la literatura china en el exilio, en una de las miradas más implacables, menos condescendientes con la pujante China de hoy en día. La consagración literaria le llegó con su novela más reciente, la ambiciosa y monumental Pekín en coma (Mondadori, 2008), un crudo diálogo entre el cuerpo paralizado de una víctima de las revueltas de Tian'anmen y la historia contemporánea de China . Sin duda, dedicaremos una entrada a esta obra, pero hoy nos ha parecido oportuno remontarnos al momento en el que el fotógrafo oficial que fue Ma Jian descubre que fotografiar, más que inmortalizar, es, como dijo Susan Sontag,«hacerse partícipe de la mortalidad, de la vulnerabilidad, de la mutabilidad de otra persona o cosa».

Polvo rojo es el relato autobiográfico de un viaje de tres años (1980-83) a través de China. Ma Jian escribió el libro en Londres, veinte años después de unos hechos cuya narración, a menudo, parece más una sucesión de fotografías rescatadas, escudriñadas al detalle y anotadas compulsivamente por un viajero receloso de sus propios recuerdos. La obra comienza con el desmoronamiento de una realidad, de una mirada: divorciado, traicionado y denunciado por su amante, Ma Jian se convierte en blanco de la campaña contra la «contaminación espiritual» puesta en marcha por Deng Xiaoping en los años ochenta y se ve obligado a redactar una autocrítica ante sus superiores del Ministerio de Propaganda. Ma Jian sabe que «cuando uno trabaja para el Partido, debe ser capaz de falsificar la realidad», es decir, de crear una representación ideal y edulcorada que se ajuste a la definición oficial de realidad. A este juego de realidades y apariencias se refiere el término budista que da título al libro. En el budismo, el «polvo rojo» (hongchen 红尘) es el mundo de las apariencias en el que creemos vivir, la realidad fenoménica, con frecuencia controlada por el poder, siempre distorsionada e ilusoria, que nos impide acceder a la realidad nouménica de la iluminación (satori o  wu悟). En las primeras páginas del libro, Ma Jian introduce una cita del clásico que todos los chinos conocen, el Sueño en el pabellón rojo y, como su protagonista, Bao Yu, «logra ver a través del polvo rojo de la ilusión y, libre de las ataduras de este mundo, parte en busca de la iluminación». Antes de abandonarlo todo y comenzar su errática peregrinación, Ma Jian hace votos de budista laico. Tiene treinta años. En su mochila, poco más que una cámara de fotos, un ejemplar de Hojas de hierba, una cantimplora, poco dinero y un cuaderno.

«Confucio dijo que a los treinta años un hombre debe asumir su posición en el mundo, pero tú no sabes ni siquiera quién eres. El año pasado perdiste a tu mujer y a tu amante, ahora estás a punto de perder el trabajo. Te quedan aproximadamente veinte mil días antes de morir. ¿Por qué malgastas tu vida? »

« La China es un agujero negro en el que quiero sumergirme. No sé hacia dónde voy, sólo sé que debo moverme. Llevo conmigo todo lo que fui; todo lo que seré, me espera en el camino que voy a recorrer. »



Ma Jian busca su propia identidad en los rostros que le habían sido vedados hasta ese momento, en la China plural, contradictoria, cambiante, que su cámara de fotos nunca había podido registrar. Deambula; sufre todo tipo de calamidades, hambre, robos, frío, enfermedades, cárcel; coquetea con la muerte; cambia de nombre; ejerce los trabajos más dispares, peluquero ambulante, pescador, dentista callejero, vendedor de ungüentos mágicos, organizador de exposiciones. La crítica anglosajona suele emparentar a Ma Jian con Jack Kerouac. Puestos a establecer parentelas, sin salir de China, podríamos ubicar la obra de Ma Jian en los márgenes más realistas de una corriente de la literatura china llamada  «literatura de la búsqueda de las raíces» (xungen wenxue 寻根文学). Eso sí, resulta curioso el contraste entre los vagabundos celestes que desde los Estados Unidos idealizaban y bebían del imaginario de un Oriente eterno, más mítico que real, y el vagabundo Ma Jian, budista, sí, pero desencantado y con más fe en un Occidente, también idealizado, que en Buda, y, desde luego, más interesado en Walt Whitman, Joyce o John Updike que en el Sutra del Loto.

«Gingsberg puede cantar su desesperación por la ventana, puede gritar por las calles. A mí eso me parece el paraíso. Si lo que pretende decir es que su país no es un lugar habitable, en fin, debería venir un mes a China y veríamos qué piensa. Todos soñamos con ese momento en el que podamos cantar por las ventanas nuestra desesperación.»

Casi de un día para otro, en esa China de obreros, soldados y campesinos ejemplares que tanto había fotografiado Ma Jian en su primera juventud, todo parece haberse puesto en venta: se venden gatos, drogas, pociones milagrosas, esposas, los campesinos dejan sus tierras para endosar piezas arqueológicas falsas a los turistas, muchas mujeres se arrojan a los brazos del primer gañán con pasaporte occidental, todos sueñan con Shenzhen o Cantón, las ciudades en las que resulta más fácil enriquecerse.

«La vida aquí es tan precaria que la gente aprende a cambiar con el viento. Los hijos de la gente asesinada por el Partido trabajan ahora en las fuerzas del orden público; las familias destrozadas por Mao Zedong cuelgan fotografías con su imagen en las paredes. Porque todos saben que la historia de China cambia con la misma frecuencia con la que el Río Amarillo se desborda.»

Después recorrer lugares oficialmente invisibles como centros de desintoxicación, leproserías, aldeas habitadas por minorías étnicas en las que perviven tradiciones ancestrales como el chamanismo o el matriarcado, Ma Jian llega en las últimas páginas del libro al destino que había postergado durante tres años: el Tíbet. Pero el Tíbet de Ma Jian - quien quiera descubrirlo mejor, puede leer los cuentos de Saca la lengua (Emece, 2005) - tiene poco que ver con fantasías holliwoodianas al uso o con los fotogénicos y sonrientes lamas que brindan a tanto descreído occidental una sabrosa ración triple de misticismo, orientalismo y reivindicación. En el Tíbet de Ma Jian no hay esperanza, sólo buitres que elevan al cielo las almas crudas de los difuntos, la excepcional belleza del paisaje no es sino el decorado del más amargo teatro de la crueldad. El Tíbet es el territorio del desencanto definitivo, «Buda ya ni siquiera es capaz de salvarse a sí mismo».

«No vine como turista ni como escritor en busca de historias exóticas. Vine como un peregrino. Esperaba una revelación o, al menos, una confirmación. En cambio, ahora estoy más confundido que nunca(...) Me siento como en un escenario. La gente que me rodea está absorta en su propio papel e intenta poner en escena este gran espectáculo, pero nada parece real (...) Yo no tengo papel. Sólo puedo hacer de espectador, pero no existen las butacas y me veo obligado a mezclarme en el escenario con los actores. Es una sensación horrible. »


Tíbet. Samye ferry. Fotografía de Matthew Herschmann


Comenzábamos hoy con Antonioni para introducir la mirada fotográfica de Ma Jian. A pesar de la crudeza de ciertas imágenes, lo que predomina es una visión poética, minuciosa, fragmentada, sobre una realidad que se pretende -o que el Partido pretende- monolítica. La mirada de Ma Jian, privilegiado conocedor de los mecanismos y de las fragilidades que regulan la creación del lenguaje oficial, penetra siempre de manera incisiva en las artificiosas certezas que construimos y que nos construyen. Ma Jian habla de China, pero sería muy de agradecer que un día nos ofreciera su visión de esa Londres en la que vive desde hace varios años.

Volvamos al cine para terminar. Chen Kaige, con la película Tierra amarilla (1984) -casi contemporánea del viaje de Ma Jian- inauguró en el cine chino esa mirada frontal y afilada que, sin estridencias, casi en silencio, fue capaz de incomodar a las autoridades . No hace falta añadir que eso le costó caro al hoy rehabilitado con todos los honores Chen Kaige. La banda sonora de Tierra amarilla podría ser también la de Polvo rojo, y no sólo por capricho cromático o patriótico. Pero será mejor detenerse en este punto para no desalentarte a ti, mi semejante, mi hermana, mi única y heroica lectora que has llegado hasta el punto final aunque te importen un carajo mis lecturas chinas. Xiexie.



Nota: La traducción al castellano de todas las citas de Polvo rojo incluidas en esta entrada es mía. He manejado la edición de Flora Drew, traductora al inglés y esposa de Ma Jian.

3 comentarios:

  1. ...Muchas gracias, hermano, por continuar la labor de Mao Zedong (espero que estos obsequios no se deban a tus achaques) y entreabrirnos las puertas de este apasionante mundo con la originalidad con que lo haces...
    ...Un abrazo...

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  2. ...Por cierto, estoy documentándome sobre la tradición de los fabricantes de sombras chinescas de Xián: ¿cree que me podría servir usted de ayuda recomendándome algún libro quizás, algún enlace, algún texto para mí oculto?...
    ...Otro abrazo...

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  3. Muchas gracias por sus amables palabras, Señoría.
    La verdad, me encantaría tener algo más de información sobre las sombras chinescas, pero no puedo ayudarte. Es una de esas tradiciones que, por desgracia, se están perdiendo. Lo que no se ha perdido son las 'sombras eléctricas', que es la sugerente manera que tienen los chinos de llamar al cine.
    ¡Un abrazo, Miguel!

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